A fines
de la década del 80 en el Siglo XIX, aparecieron los molinillos
señoriales con pequeñas columnas en las aristas, hasta la época de la
Primera Guerra Mundial, donde comenzarón, rusticamente la decoración,
con herrajes de niquel, tiroleses de hierro, o uno muy especial, hecho
en madera negra que pertenecio al archiduque alemán; con un emblema
heráldico del aguila bicéfala, realizado en 1880.
Con la
revolución industrial, empezaron a fabricarlos copiosamente, eran indispensables
para pulverizar unos granos aromáticos y morenos que llegaban de los
puertos de Africa y Sudamérica: el café, bebida exótica que el europeo
incorporó con gusto a su menú hogareño. Pese al origen fabril, los molinillos
lucían un aspecto artesanal, en efecto, manos sensibles los trabajaban
hasta conseguir un acabado de ingenua y romántica belleza.
Luego fueron
pasando de abuelos a padres, de padres a hijos. Actualmente la técnica
ha creado distintos modelos, pero sin poder superar ese delicioso sabor
estético que caracteriza a los molinillos "de antes", esos encantadores
objetos útiles que se han ido convirtiendo en piezas de colección
por sus cualidades decorativas.